La Alimentación  y el Hígado


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INFORMACIÓN ALFA-1 

 

Todo lo que comemos, inhalamos y absorbemos por la piel tiene que pasar por el hígado. De esta forma, prestar atención a la nutrición puede ayudarnos a mantener el hígado lo más sano posible. Todos los portadores o enfermos de la Deficiencia de Alfa-1 Antitripsina (Alfa-1) deben intentar seguir unas normas básicas en la dieta.

El hígado está encargado de realizar muchas funciones que son esenciales para la vida. Entre las funciones más elementales del hígado figuran:

  • Convertir los alimentos que comemos en energía almacenada y liberar esta energía cuando se necesite.

  • Actuar de filtro para eliminar el alcohol y las sustancias tóxicas de la sangre y convertirlas en sustancias que puedan ser excretadas por nuestro organismo.

  • Transformar los medicamentos introducidos en el cuerpo y facilitar su eliminación.

  • Servir de fábrica de importantes productos químicos como la proteína alfa-1 antitripsina (AAT).

Todo lo que se absorbe por el estómago y el intestino delgado durante la digestión pasa por el hígado antes de llegar a las demás partes del organismo.

El hígado realiza varias tareas metabólicas de importancia con los nutrientes. Cada uno de los principales nutrientes: carbohidratos, proteínas, grasas y minerales se somete a un proceso especial.

Los carbohidratos o azúcares se almacenan en forma de glucógeno en el hígado y se libera como energía cuando las demandas del cuerpo son altas. Esto nos permite mantener un nivel uniforme de energía durante el día. Sin este equilibrio necesitaríamos estar comiendo constantemente para mantener nuestra energía.

Las proteínas llegan al hígado en forma de sus elementos más simples, los aminoácidos. Una vez en el hígado, se liberan a los músculos como energía, se almacenan para su posterior uso o se convierten en urea para excretarse por la orina. El hígado también puede convertir algunos aminoácidos en azúcar para la provisión rápida de energía.

Las grasas no se pueden digerir sin la bilis, que se fabrica en el hígado, se almacena en la vesícula biliar y se vierte en el intestino delgado cuando se necesita. La bilis actúa como un detergente, disgregando la grasa en diminutas gotitas para que puedan ser atacadas por las enzimas intestinales y absorbidas. La bilis es esencial para la absorción de las vitaminas A, D, E y K.

Una mala nutrición no es causa de enfermedad hepática. Es más probable que la mala nutrición sea el resultado de una hepatopatía crônica. Sin embargo, una dieta equilibrada con adecuadas calorías, proteínas y carbohidratos puede ayudar realmente al hígado dañado a regenerar nuevas células hepáticas. De hecho, en algunas enfermedades hepáticas la nutrición es una forma esencial de tratamiento.

El hígado graso o esteatosis, es una enfermedad causada por un exceso de grasa en las células hepáticas que puede ser debida a muchas causas. La más corriente es el consumo excesivo de bebidas alcohólicas. Las personas obesas, diabéticas o con hiperlipemia también pueden presentar esteatosis. Siendo benigna en algunos pacientes puede progresar lentamente a cirrose hepática. Su tratamiento consiste en corregir su causa. En las personas obesas debe recomendarse el adelgazamiento y en los diabéticos o en los que tienen exceso de colesterol y de triglicéridos debe recomendarse la adopción de las medidas dietéticas adecuadas para mejorar estas anomalías.

Muchas enfermedades hepáticas crônicas van acompañadas de desnutrición, siendo la más frecuente la cirrose. Las personas con cirrose suelen experimentar pérdida de apetito y de peso que les da un aspecto demacrado. Adelgazan, algunos, a pesar de comer adecuadamente debido al requerimiento energético excesivo que ocasiona la enfermedad. Los adultos con cirrose necesitan una dieta equilibrada rica en proteínas que aporte unas 2,500 calorías al día para permitir la regeneración de los hepatocitos. Sin embargo, algunas personas con cirrose tienen intolerancia a las proteínas cuando desarrollan una encefalopatía hepática (intoxicación cerebral). En estos casos se aconsejará reducir las proteínas a 40 gramos al día para bajar los niveles de las mismas en sangre y se recetará lactulosa o neomicina para rebajar la producción de amoniaco, recomendándose proteínas vegetales y lácteos.

Las personas con cirrose pueden experimentar una acumulación de líquido en el abdomen (ascitis), o hinchazón de los pies, piernas o espalda (edemas). Como el sodio (sal) favorece la retención de agua en el cuerpo, los pacientes con acumulación de líquidos deben reducir su ingesta de sodio, evitando alimentos como sopas y verduras enlatadas, fiambres (embutidos), productos lácteos y condimentos como la mayonesa y ketchup. La mayoría de los productos preparados contienen mucha cantidad de sodio, mientras que los alimentos frescos casi no lo contienen. El mejor sustituto de la sal es el zumo de limón.

Cuando se tenga poco apetito y para mantener el aporte adecuado de nutrientes se aconseja aumentar el número de comidas al día sin subir la cantidad a repartir.

Tres afirmaciones acerca de la ingesta de alcohol:

  • Muchas personas que padecen enfermedades hepáticas no son alcohólicas.

  • Hasta los bebedores "sociales" corren el riesgo de dañar su hígado.

  • Las personas que nunca toman bebidas alcohólicas pueden tener problemas hepáticos graves.

El riesgo de dañar seriamente el hígado bebiendo alcohol depende de cuánto se beba y del tiempo que se lleve bebiendo. Se estima que este riesgo aumenta mucho cuando se consume durante varios años más de 80 gramos de alcohol al día, es decir la cantidad que contiene un litro de vino o 4 copas de licor. El alcohol induce a la esteatosis al depositar las grasas en los hepatocitos. Este hígado graso puede no tener síntomas y manifestarse simplemente por los datos de laboratorio (análisis de sangre). Es reversible si se deja de beber alcohol y si aún no se ha producido una cirrosis hepática.

Debemos tener en cuenta que los síntomas después de dejar de beber pueden ser peores que cuando se bebía durante algún tiempo. Aunque los análisis de sangre ayudan al diagnóstico, la biopsia hepática es la prueba de diagnóstico más eficaz. La constatación por parte del médico de un aumento de tamaño del hígado durante la palpación abdominal, o la elevación de las transaminasas o de la gammaglutamil-transpeptidasa es síntoma de esta afectación hepática.

Aunque el hígado tiene una capacidad asombrosa de curarse, ayudémoslo a mantenerse sano.

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Última revisión en 05/06/2012


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